A mi Aldonza Lorenzo...
«El caballero Andante sin amores era un árbol sin hojas y sin frutos y cuerpo sin alma...» Don Quijote de la Mancha
Siempre me he sentido muy condicionado -creativamente hablando-, por el entorno, contexto o escenario donde vivo y obro.
Entre las innumerables influencias que me dan de comer está la obra de Carlos García de la Nuez, quien me honró con su amistad y fue tutor de mi tesis de graduación de la Academia de San Alejandro (1986) y del Instituto Superior de Arte (I.S.A.) (1991) en La Habana.
También fue mi profesor, como lo fueron Bedia, Gustavo Acosta, Flavio Garciandía o Pepito Franco y aunque no me impartió sus conocimientos directamente, siento tener muchos puntos referenciales con la obra de Humberto Castro.
En una entrevista reciente Humberto cuenta: «Al llegar a Europa el horizonte cultural y social fue otro para mí, respiraba libertad. Analizando que en Cuba abordé temas sociales y políticamente críticos, el hecho de encontrarme en un nuevo mundo con otras alternativas, me hizo descongestionar, fue una válvula de escape que al abrirse dejó salir el vapor… ».
¿A cuántas damas y «caballeros andantes» nos ocurriría lo mismo?
Además de ser un creador donde la figura humana es eje o hilo conductor, al igual de lo que procuro en mi obra... sus cuerpos los percibo como formas continentes, fuentes de tracción y vasos comunicantes.
También, desde finales de los ochentas abordé, en aquella Habana, temas socialmente sensibles y junto con otros artistas jóvenes , convertí mi creación en un discurso políticamente polémico e incisivo para el oficialismo.
No nos conformamos con los talleres o galerías, sacamos el arte, literalmente, hacia la calle.
Artistas como Joel Rojas, que fue expulsado del I.S.A. por sus contenidos o Eduardo Ponjuán al que le cerraron la exposición en el Castillo de la Real Fuerza, fueron algunos de los pretextos para que los pasillos del Instituto, donde se cocinaban muchos proyectos e intervenciones, se vieran a diario «decorados» con efectivos de los cuerpos de seguridad del estado, de verde olivo, sin anestesia... que sacaron nuestras obras, nuestro trabajo al patio, a la intemperie, hicieron una gran montaña y dejaron que se jodieran, bajo la lluvia y el sol sabrosón, aprovechando unos días que teníamos de vacaciones y nos prohibieron sitios de reunión como el Café Teatro de la facultad de Artes Escénicas.
Aunque de artistas que vieron sus carnes en los calabozos como Juan-SÍ González o Angelito Delgado, no se hablaba mucho, sí se hizo de los que después subieron al carro viendo el tirón comercial que podrían despertar fuera de Cuba... por supuesto, con mucho talento.
Eso creó bastante decepción en los que veíamos con autenticidad aquel giro conceptual y formal que pretendíamos llevar a cabo. Pues el soporte de nuestro discurso podría ser desde el polvo de la carrocería de una guagua, la acera o folios de un cuaderno. La metáfora, el simbolismo, su agudeza, era la que hacía reaccionar al espectador.
En esta serie que presento a continuación, hay desde la distancia, hasta una revalorización romántica del yo... la evasión.
El tiempo, en la intimidad, me trae el romanticismo, que desde el siglo XIX ronda por La Habana objetiva, o por esa ciudad rememorada que yo me invento.
Debo aclarar que estoy establecido en Toledo, Castilla-La Mancha. Tierra de andaduras Quijotescas y donde el Greco se hizo El Greco.
Estoy enganchado por el Romanticismo que constituye, como este en que vivimos, uno de los periodos más fecundos y esplendorosos del arte.
Y otro movimiento que ha marcado siempre mi trabajo y que también tiene fundamentos heredados del Romanticismo es el Pop Art y muy en especial para mí, la obra de Tom Wesselman.
Si nos acercamos a su camino notamos la intención de crear un arte destinado a un público amplio, un arte que extrae sus temáticas de la cultura popular, de la calle, con sus nuevos contaminantes mass media, televisión, publicidad, comics, modas, sucesos sociales, aunque se haga hincapié en el debate sobre la superficialidad, vulgaridad o frivolidad, pero carente de cualquier emoción o sentido filosófico.
Vuelvo al Romanticismo y me parece estar entrando en San Lázaro o Dragones, en mi vieja Habana, en esa hora, en la que como dicen por aquí, «aún no han puesto las calles» y encuentro las desgarradas confesiones de amor y desengaños, la sátira, la religión, el hastío, lo marginal, lo cotidiano, el mar, la nostalgia y la música... y esta última es inspiración y contenido, pues la música, quizás, ejerza más influencia en mí, que la plástica misma. De hecho cuando aquellos «artistas malditos» que citaba, no tuvieron más opción que marcharse, cada uno por su lado, yo me enrolé en la aventura de las giras fundamentalmente con músicos, haciendo escenografías e iluminación, aunque también incursioné en el teatro, la danza y el cine.
Mi casi guía espiritual fue y creo que aún es, el maestro Bob Dylan: El irreverente. Uno de los compositores y músicos más influyentes y prolíficos del siglo XX. Lo mismo hace un disco en clave de folk, que de rock and roll, otro de country, pasando por el jazz, el gospell o el swing, pero cuidando siempre su exquisitez literaria.
Me encanta esa libertad creativa, donde no estás atado a una manera representativa o a códigos que te «garanticen» una permanencia en la memoria colectiva.
El artista romántico busca el cambio profundo de la visión de las cosas. Lo veo y subo la apuesta, manteniendo la expresividad, la exaltación, la búsqueda de la libertad, el diagnóstico del alma, el amor al pasado, la noche, la soledad, la tradición, el gusto por lo popular, pero usando el zoom y criterios postmodernos.
"Con el Blues a Sotavento" es una pieza icono para mi discurso. Romántico o ‛Wesselmántico’, la figura tiene líneas suaves y onduladas. Es la típica postal del violinista a la vera del piano o el declamador al amparo de su musa y envuelto en esa luz, a bordo de un velero errante (pero con TUMBAO).
Músicos de la talla de Wagner relacionaban el color con la expresión musical y Chopin decía que la lógica de sucesión de los sonidos, que él describía con un término de la física del color: ‛reflexion aureolar’, era un fenómeno análogo a las reflexiones de los colores.
En el romanticismo las fronteras entre la pintura y la música se difuminan.
Por último, la carga erótica, la sensualidad, tan romántica y tan caribeña... como pasarla por alto.
No persigo fetichismos ni tópicos.
A mi entender existe, como reacción a la decadencia, una regresión a lo espiritual y a lo carnal.
Tampoco pretendo hacer un estudio sociológico ni antropológico sino verter el estado mental o emotivo con que me acuesto y levanto, el cual navega entre el humor, la incertidumbre, la ironía, la banalidad de lo perverso o el humanismo en esos cuerpos iconoclastas, rotundos, compactos, desafiantes e impersonales.
Sí, el leitmotiv es la nostálgica libido. Mejunje formado por el ir y venir. El arte y conciencia que sale de Europa, llega a América, se americaniza y regresa al viejo continente con su tono tropical, con sus colores que ladran y amenazan a las ópticas sarasas.
Defiendo la tesis freudiana de que la sexualidad es una fuerza motriz que impulsa al individuo... qué le voy a hacer, soy caribeño.
Por eso debo confesar que mi finalidad real, mi sublime deseo, mi sagrada quimera, es provocar la pasión, el apetito almado y expectante en mi dulce Aldonza, más conocida como Dulcinea y arrancar, a través de la ciberepistola, cual idilio lejano... un verso.
«Ay papi, qué rico tu pintas»
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